Cabecera

"No hay barrera, cerradura, ni cerrojo
que puedas imponer a la libertad de mi mente"

Virginia Woolf

martes, 14 de mayo de 2013

Ese amor



El nombre de una mujer me delata.
Jorge Luís Borges


Si viviera mi abuela sé exactamente lo que diría justo hoy que me dispongo a meterme en camisa de once varas escribiendo este post: “ya tenemos aquí a la abogada de causas pobres”, una frase que me repitió mucho en mi infancia porque yo era muy dada a meterme por medio de discusiones que ni me iban, ni me venían y defendiendo siempre lo imposible.
¡¡¡Ahí vamos!!!
Estos días, a raíz de la pretensión de Di Stefano de casarse con su secretaria 50 años más joven que él, he mantenido distintas conversaciones con mis amigos, alguna coleaba de tiempo atrás, acerca de las relaciones que pueden establecerse entre un hombre y una mujer, bueno, entre dos personas (no quiero defraudar a mis amigos y amigas de cualquier orientación sexual) y hasta qué punto pueden llegar a ser sinceras o no, sin mediar intereses por medio, sobre todo, cuando la diferencia de edad es notable. No entraré a opinar del caso de Di Stefano porque lo desconozco y no me siento con derecho a ello. Mi argumentación irá por otra vía.
Por lo general, la opinión que triunfa ante estos casos en los que la diferencia de edad es grande es que no hay amor. Todos dan por bien probado que siempre se mueven por interés. Nadie se para a analizar las peculiaridades de cada relación para después opinar. Y si la que es mucho mayor es la mujer menos aún.  En este aspecto, en pleno siglo XXI, aún resulta un tema tabú y motivo de rechazo incluso para las mentes más progresistas.
Sería ingenuo pretender que no se dan casos en los que el poder, la fama o el dinero actúan como un poderoso imán y que hacen extraños compañeros de cama. Haberlos, haylos, claro que sí, pero me cuesta entender porque nadie concede el beneficio de la duda y, a priori, rechaza este tipo de situaciones. El doctor norteamericano Waye Dyer creo que acierta cuando nos dice que  “tu nivel más alto de ignorancia es cuando rechazas algo de lo cual no sabes nada”.
Pero para gustos los colores y lo que ocurre entre dos personas solo ellas lo saben. El  koi no yokan japonés, ese primer chispazo, sigue y seguirá siendo un misterio mientras la raza humana exista.
A los más escépticos se lo digo, el   Amor  existe, creedme, y se da hasta en las condiciones más adversas.
Os podría hablar de gente muy cercana que vive o vivió (ya murieron) plenamente su relación habiéndolo tenido todo en contra desde el principio, o tal vez por eso. Pero al ser anónimos nos os dirían nada. Si os hablo de Clint Eastwood que se lleva 35 años con su mujer,  o de Hugh Jackman 13 años más joven que ella, ya sería otra cosa. Pero hoy yo quiero hablaros de dos historias que siempre me han emocionado y que siempre he envidiado.
Empezaré con María Kodama, viuda de Jorge Luís Borges, que aún hoy, casi treinta años después de su muerte, tiene que seguir defendiéndose de los ataques de la gente, de la maledicencia y de la envidia  que su relación con el escritor levantó y levanta, llegando incluso a los tribunales y ganando siempre.
El primer encuentro de María Kodama con Borges se dio cuando un amigo de su padre la llevó a una conferencia del escritor con tan solo 12 años. Más tarde, con 16 comenzó a ser su alumna sin sospechar que se convertiría en su compañera ya para el resto de su vida.
“Borges fue mi elección”  dice María, pero es que también fue la de él,
"Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines del Oriente y del Occidente, cuánto Virgilio".


Voy a dejar que hable ella que creo que lo contará mejor  :

"… el matiz está dado no por lo que se hace, sino por la forma en que se hace, en la intensidad que se le pone a las cosas. Creo que eso es lo que hace la diferencia entre vivir con Borges o con cualquier otro señor. Simplemente porque el matiz, la sensibilidad, las palabras que se eligen para decir las cosas son totalmente distintas aunque la cotidianeidad sea la misma."
"Fue el gran amor de mi vida. Por un lado extraño todo lo que compartíamos juntos y lo que nos divertíamos. Y todo el afecto, la ternura, el cariño y el amor... Pero por otro lado, es como "el milagro secreto" (yo lo llamo así), porque a lo largo y a lo ancho del mundo, toda la gente que nos conoció juntos lo recuerda, y me lo recuerda, con enorme cariño"


La segunda historia viene de la mano de  Yann Andréa Steiner, autor de Ese amor, donde nos cuenta su relación con Marguerite Duras, 38 años mayor que él, y con la que vivió una hermosísima historia de amor que dio comienzo el día que, siendo él un estudiante, se atrevió a solicitar permiso para poder escribirle y eso estuvo haciendo durante cinco años sin recibir respuesta hasta que ella un día dijo “Venga a verme”.


“… y después hubo la puerta que se cerraba detrás de ti y de mi. Detrás del cuerpo nuevo, alto y delgado. Y después hubo la voz. Aquella voz de increíble dulzura. Distante. Real. Era la voz de tu carta, la voz de mi vida”


Se inició entonces una tormentosa relación, que duró hasta la muerte de ella, en la que no faltó detalle: pasión, celos, desgarro, risas, trabajo, largos paseos y alcohol.

Poco se supo de él, mientras ella vivió permaneció siempre en el anonimato. 

Maguerite Duras le dio el nombre de Yann Andréa Steiner (en realidad se llama Yann Lemée) e incluso hizo de él un personaje de sus novelas y sus películas. Fue su secretario, su chófer, su enfermero, su amante. La dedicación a ella fue tan absoluta que a su muerte paso por un período tremendo en el que estuvo en juego también su propia vida.

Desde la publicación de Ese amor en el 2000 no se ha vuelto a tener noticias de él.

Son solo dos ejemplos pero das una patada y te salen numerosos casos a lo largo de la Historia y también en nuestros días ¿por qué entonces nos choca tanto?
Pienso que tendemos a rechazar aquello que se escapa a nuestras convenciones, a nuestro entendimiento y que nos cuestiona muchas cosas. Sin ir más lejos, nos cuestiona nuestros planteamientos estéticos: lo joven es atractivo, lo viejo no. Cuando alguien se sale de este planteamiento y se atreve a hacerle un quiebro a esta convención se convierte en sospechoso.

Y esto pasa en un Madrid y en un siglo XXI al que esperábamos, en todos los sentidos,  más avanzado de lo que nos ha salido.