Cabecera

"No hay barrera, cerradura, ni cerrojo
que puedas imponer a la libertad de mi mente"

Virginia Woolf

Scipona

Déjenme presentarles a Scipona.

Scipona nace pintora sin apenas saberlo, o más bien sin la plena conciencia de ello. Viene al mundo en el paisaje volcánico y humeante de Sicilia, entorno mágico e  inefable, lleno de color y de inquietud. A este factor determinante se sumó su encuentro fortuito, a los cuatro años, con las naturalezas incendiadas de John Martin que, desde las páginas del libro que hojeaba, le hablaban del entorno en el que transcurría su infancia. Martin arrastró a su fantasía por un sendero de expresión ignoto y apasionante. Fue una llamada.
Años más tarde, el dialogo con el pintor se retomo cuando identificó aquellas imágenes que siendo niña la cautivaron y pudo, por fin, poner nombre al culpable. Este nuevo encuentro iluminó definitivamente su vocación para ponerla en un camino que ya no abandonaría.

Cómo expresar lo que de forma tan insistente nos llama desde el interior. Qué camino tomar cuando las vías de expresión convencionales no bastan para dar salida a ese estallido de energía creadora que desde tan pronto pide paso.

Cuando esta necesidad se plantea de forma tan apremiante e inexplicable no hay tiempo para la reflexión. El artista no necesita manifestaciones, no tiene que demostrar nada, al presentar la obra la hace realidad.

El análisis viene después, cuando se quiere encuadrar y dar nombre a lo que vemos, cuando se buscan explicaciones. En ocasiones mirar y ver no van unidos, y donde nos lleva la mirada no se corresponde con lo que vemos.

Receptora de la simbología de El Bosco y que años después Dalí materializó en su personal reconstrucción del mundo y de sus obsesiones subconscientes. La  pintora recoge el legado pero sin intimidarse ante la fuerza de la tradición clásica y de las vanguardias. Rescata una técnica antigua y, con gran elegancia, traduce a su propio lenguaje este universo personal e interpretación de la pintura y de la vida.

Sus lienzos recogen el entorno cotidiano, nuestro paisaje diario, e introduce en ellos elementos desestabilizadores, por lo grotesco, que transgreden los códigos de comunicación, consiguiendo de este modo nuevas posibilidades estéticas que provocan una vuelta de tuerca sobre la emoción. Se trata de un lenguaje que va en paralelo al habitual que lo amplia y lo expande.

La fuerza de sus escenas no deja indiferente, su misterio nos atrae, queremos saber más, pero la respuesta está sólo en nuestro interior. Al igual que en la poesía, la pintura de Scipona abre puertas a la interpretación, hablándonos constantemente de lo que somos y lo que sentimos. La vida late detrás. Es necesario esperar y digerir, o sería mejor decir gestar la idea, al igual que hay que gestar el huevo que aparece con frecuencia en sus representaciones.

Me resulta difícil defenderme de la suave violencia que sus imágenes desprenden, irradian un magnetismo elegante y poderoso. “Quiero que mis cuadros canten sin hacer ruido”, me dice, “como en los sueños”. Es cierto, lo que encontramos en el lienzo no admite concesiones, se ofrece tal cual se ofrece un sueño, un sueño que puede tornarse pesadilla o puede hacernos desear no despertar nunca a la realidad. La tormenta se adivina en el cielo, el fuego invade el campo, hay vehemencia en los abrazos, las miradas al espectador son arrogantes, pero incluso cuando el paisaje evoca placidez hay una pequeña brisa que zarandea la escena y nos recuerda que esa calma es sólo una concesión temporal, no hay tregua posible, en lo profundo aguarda un mar embravecido que nos conduce hacia los territorios donde cantan las sirenas. Allí de donde no regresamos indemnes, pero donde por fin perdemos el miedo.

Paloma G. López