Cabecera

"No hay barrera, cerradura, ni cerrojo
que puedas imponer a la libertad de mi mente"

Virginia Woolf

domingo, 17 de noviembre de 2013

Casi, casi

Partiendo de la nada alcancé las más altas cimas de la miseria. 


Tenía yo una compañera en la Universidad que cuando alguien contestaba “casi” ella añadía “ahora falta el otro casi”, consiguiendo siempre un respetuoso silencio ante tan impepinable afirmación. Tenía razón, hasta que no se dé la última puntada, el último paso, nada puede darse por realizado.

Vale, venga, durante unos días hasta tener el otro casi peinadito y perfumado no os trasladaré mi sinvivir con el lanzamiento del nuevo proyecto, os dejaré tranquilos  …ya casi (:


Estos últimos días, al hilo de mi último post que hablaba de mieditis, entre paracetamoles y algún que otro insomnio me puse a  Wilco  y me dije, ahí está, todo un arte:





A veces no es que no demos el paso o nos acobardemos, a veces simplemente es que nos quedamos cortos, somos víctimas de la procrastinación (menudo palabro) y de casi tocar el cielo la cosa se queda a la altura del betún o de la Nada. Agua de borrajas. Dimos el paso pero…

En ocasiones eso no es lo peor, aún más grave es que retrocedamos y ahí nos atrincheremos que es lo que parece que quieren conseguir ahora nuestros políticos: retrotraernos a la miseria y la incultura de la que veníamos.


Tengo la sensación de que nos están llevando de vuelta a la calle Aribau de donde salió un día Andrea hacia su libertad.

¡Cuántos días sin importancia!

Así comenzaba el cuarto capítulo de  Nada  de Carmen Laforet  donde con una asombrosa lucidez para su edad dejó constancia de esa especie de enajenación colectiva que vivía España en la posguerra. Retrató un universo humano muy problemático, lleno de odios y tensiones que maceraba concentrado en su familia de la calle Aribau y que desembocaba en la nada.

¡Cuántos días inútiles! Días llenos de historias, demasiadas historias turbias. Historias completas, apenas iniciadas e hinchadas ya como una vieja madera a la intemperie. Historias demasiado oscuras para mí. Su olor, que era el podrido olor de mi casa, me causaba cierta náusea…

¿No os suena familiar?
¿No os huele a podrido?
¿No sentís el olor de la madera hinchada?

Pero al final: nada.

Frente a esta realidad, aparecía la Universidad, el conocimiento, el intercambio de ideas, los amigos. ¡Aire!

Sólo aquellos seres de mi misma generación y de mis mismos gustos podían respaldarme y ampararme contra el mundo fantasmal de las personas maduras.

En esta ambivalencia vivía Andrea, entre la angustia de poder sentirse mejor que todos ellos o quedarse en la nada.

Conmovedoramente actual todo lo que nos cuenta Laforet en apenas nada.

En esta ambivalencia vivimos ahora entre defender el derecho al pensamiento, a la educación, al intercambio cultural (léase Erasmus) o seguirles la corriente, aceptar sus reglas, volver a ser un país pazguato, estancado, empobrecido y cutre. Casi lo consiguen pero en nosotros está que se llegue al otro casi.


Casi, casi, nada.



Un señor de la calle Aribau